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GUAYAQUIL EN LA CORRIENTE DEL CAMBIO...
David Wong Chauvet
dwongch@wongywong.com
Sin embargo que Guayaquil es diferente a Barcelona, a Bilbao, a Rosario y a Bogotá, las une un denominador común que es haber cambiado aceleradamente en menos de dos décadas, Junto a ellas hay docenas que docenas de ciudades que también han cambiado, tal vez no al mismo ritmo, pero gracias sus a gobiernos locales que resolvieron compartir el destino de la ciudad con los propios ciudadanos, con los empresarios y más actores del cambio. Es decir, decidieron hacer una ciudad gobernable y planificar el cambio para hoy y no para después de medio siglo. Aunque esta decisión las identifica, llegaron a donde hoy están por caminos y por motivaciones diferentes.
Las ciudades han existido desde el quinto milenio antes de Cristo. Y desde el inicio de su existencia las personas se han sentido atraídas por lo que ellas ofrecen, lo suficiente como para haberlas convertido en los centros de concentración de la humanidad y en donde se decide su futuro.
En la Edad Media, las plazas se poblaron por artesanos independientes y originaron a la burguesía. Convertidas las ciudades en centros de comercio surgió un crecimiento económico y cultural con avances técnicos y necesidades de mano de obra para una industria naciente. La Urbs, la urbe, (urbanización física de la ciudad para los romanos) se autonomiza, se independiza lo físico, y se impone a la Civitas (la cultura ciudadana) y la Polis (la gestión común de las cosa pública).
Hoy se prevé que los centros urbanos se extiendan hasta alcanzar un tamaño sin precedentes. Actualmente más de tres mil millones de personas viven en las ciudades. La mitad de la población mundial. Quizás resulte menos conocido que la región de América Latina y el Caribe ya está altamente urbanizada, pues el 75% de sus poblaciones viven en zonas urbanas.
La aceleración de los procesos de internacionalización y concentración de las poblaciones en la ciudad continuará en los próximos años. Los expertos coinciden en señalar el siglo XXI como el “siglo de las ciudades”, en el que la humanidad termina de construir un hábitat específico y establece un nuevo tipo de relaciones entre las personas y entre éstas y la naturaleza. La vida urbana habrá pasado, definitivamente, de excepción a ser lo habitual.
Siglo XXI, el siglo de las ciudades.
Las ciudades son piezas clave en el desarrollo del mundo globalizado, tanto en lo económico, como en lo tecnológico, lo financiero, lo comercial, lo político y lo cultural. El futuro del hombre en el siglo XXI está alrededor de los conglomerados urbanos, cuyo mayor desafío es cómo responder a este fenómeno tan trascendente de crecimiento urbano en el futuro, que en parte ya estamos viviendo...
El cambio de las ciudades es uno de los fenómenos poco estudiados que debe merecer nuestra atención; por eso necesitamos preocuparnos por la ciudad más cercana a nosotros, la ciudad donde vivimos: ella es el lugar donde discurre nuestra existencia y la de nuestra familia y donde se desarrollan nuestros trabajos y nuestras empresas.
Guayaquil no será solamente punto de referencia geográfica. Hoy estamos desarrollando la visión de una ciudad para el mundo y reclamamos ser ejemplo de lo que estamos haciendo en la ciudad. Muchas ciudades han comenzado a ver en la experiencia de Guayaquil un modelo de desarrollo, sin embargo, queda un arduo trabajo por delante para poder lograr el objetivo de hacer de Guayaquil una ciudad moderna y lograr dar sostenibilidad al cambio alcanzado. El desarrollo de los gobiernos locales que ha logrado el fortalecimiento de las ciudades, impone que el cambio experimentado permita exponer una ciudad competitiva.
Planificación Competitiva.
La calidad de la planificación y del diseño urbano así como la imagen cultural ofrecida por una ciudad al mundo exterior, es tan importante como la protección del patrimonio cultural y del medio natural. Esa calidad contribuye a su prosperidad económica y ulteriormente a su desarrollo humano.
Guayaquil ya es considerada en la región como una ciudad moderna y que se proyecta positivamente en un desarrollo que le permitirá destacarse; pero hay que preguntarse ¿Qué hace de Guayaquil una ciudad mejor que otra? o ¿Qué tiene Guayaquil para que la prefiramos? o, ¿Qué ofrece Guayaquil para apostar e invertir en ella?
Cabe la pregunta porque las ciudades de hoy tienen que competir entre sí para atraer inversiones. Para ello, muchas autoridades locales ofrecen incentivos financieros atractivos, además de los de carácter esencialmente prácticos, como una infraestructura y servicios urbanos que funcionen satisfactoriamente, sistemas de comunicaciones, transporte eficiente, viviendas suficientes y acceso a los servicios e instalaciones de educación y de recreación.
En la economía global en que vivimos no son los países quienes compiten entre ellos, sino sus ciudades. Pero en este naciente "archipiélago urbano" de ciudades modernas que están colocándose a la vanguardia, hay un fenómeno que no podemos olvidar ni relegar y es el desarrollo humano y la solidaridad social; no es solo del caso de crear escenarios de intensa competencia donde la utilidad y la ganancia sea el norte del desarrollo, sino que las ciudades competitivas deben lograr el bienestar de los habitantes, de los más necesitados, tornándose necesaria una vinculación empresa - sector público para poder dar a la competitividad un sesgo al servicio del ser humano. Una ciudad no puede ser competitiva si no es incluyente, lo que se evidencia en un sistema económico sano y progresista; dentro de los propósitos de todo gobierno local debe estar el de lograr un desarrollo sostenido que permita mejorar los niveles de bienestar y calidad de vida de la población. Es necesario que el desarrollo económico tenga un sustento territorial que lo provea de la infraestructura que permita, además de competitividad, dar una respuesta paulatina a las graves disparidades e inequidades que presentan un número considerable de ciudades en el país. Las ciudades son las columnas de las economías nacionales.
Como expresa urbanista mexicano José Luis Cortés Delgado: “En el mundo actual la ciudad que no es competitiva perderá posibilidades de desarrollo. La competitividad se da en función del perfil de la propia ciudad y sus habitantes, y esa competitividad se dará no únicamente por proporcionar las mismas facilidades de otras miles de ciudades, sino por su riqueza físico-espacial y la calidad de vida que ahí se ofrezca.”
Nuestra ciudad ha encarado al futuro abriendo horizontes hacia una modernidad que con el esfuerzo mancomunado de los actores de una competitividad inteligente y estratégica puede llegar a ser más allá de un destino turístico un destino de inversión, de desarrollo, de conocimientos y de progreso.
La ciudad competitiva.
El problema del significado de competitividad comienza por de su definición. La competitividad es un factor compuesto por una gran cantidad de variables que dificultan la correcta delimitación del término. Aun para muchos la competitividad no es un factor aplicable a las ciudades sino a las empresas, a las industrias, a su comercio. La ciudad es el espacio donde la competitividad nacional o global se desarrolla. Así, para facilidad de este artículo, la competitividad de una ciudad se la he definido como la habilidad de producir y colocar en el mercado nacional e internacional sus productos y servicios en plena competencia con otras ciudades que producen y colocan los mismos productos y servicios y que cumplen a su vez con tener ciertas características. Al incrementar la productividad económica de una ciudad y colocando en el mercado sus más productivos bienes y servicios, la comunidad podrá desarrollarse y crecer a su máximo potencial. Un mejor nivel de competitividad garantiza además mejores niveles de vida para su población y para el país.
Para lograr que las ciudades sean más competitivas tanto a nivel nacional como internacional es necesario apoyarlas más allá de los enfoques macroeconómicos. Es necesario formular estrategias de desarrollo económico local participativo en donde el gobierno facilite la suma de esfuerzos de todos los actores relevantes locales con el objetivo común de generar más empleos e incrementar el bienestar de la población. A partir de esta suma se podrán identificar, promover y desarrollar las acciones y proyectos específicos estratégicos para incrementar la competitividad de las ciudades y por lo tanto la de todo el país.
Desafortunadamente, el desarrollo y la planificación han atendido más a la conformación de la urbe que a las necesidades de la “civitas”, de la ciudad, es decir, del conjunto de gente, del ser humano, principio y fin de las ciudades; la planificación física postergó la atención al desarrollo social y económico de la ciudad, y sus administradores cayeron en la irresponsabilidad de pensar que la economía y la solidaridad social debía estar en manos del gobierno central. Felizmente la desconcentración de funciones, la cesión de competencias y la descentralización que permite avizorar una real autonomía, son factores que han permitido el desarrollo exitoso de los gobiernos locales, entre los que Guayaquil puede ser uno de los modelos a seguir.
Las iniciativas de desarrollo local deben incorporar una visión integral del desarrollo, el cual no resiste más tiempo la habitual separación rural-urbana. La competitividad de una ciudad busca como gran objetivo cerrar el círculo virtuoso de una serie de componentes sectoriales que de manera integral se apoyan entre ellas para alcanzar un desarrollo apropiado de la ciudad.
Con esta necesidad de contar con evidencias de que podemos ser competitivos, es hora de preguntarnos: ¿Quién debe pensar en el futuro de Guayaquil como una ciudad competitiva? ¿Quién le va a dar a nuestra ciudad un sentido de dirección? ¿Quién va a definir las estrategias? ¿Quién va a poner en marcha las ideas que se propongan? ¿Cuál es el mecanismo o la estrategia que permita a Guayaquil desarrollarse en forma sustentable y competitiva?
Corresponde a las autoridades locales encontrar la alianza con actores, públicos o privados, que permitan llevar adelante una agenda de competitividad a mediano y largo plazo que conduzca a la ciudad en el próximo lustro a competir más allá del campo regional y continental, con las mejores ciudades del mundo. El propósito será ambicioso, pero no es imposible. Hace menos de década y media la ciudad que hoy tenemos más que un sueño era también un imposible.
La empresa privada y el sector público de Guayaquil enfrentan desafíos ciertamente difíciles. Se ha llegado a niveles de tener una ciudad moderna, pero los pueblos se acostumbran al bienestar y se vuelven cada vez más exigentes, y eso está bien porque los actores del cambio deben estar a la altura de las exigencias y expectativas de la gente.
Hay que establecer las rutas de la competitividad y lo que debemos hacer para que Guayaquil sea diferente, sea el sitio para invertir, para conocer y, lo que es más importante, para vivir. Creo en el camino de Guayaquil hacia un espacio competitivo que permita e induzca a las empresas a invertir, a los ciudadanos a vivir en ella y a los jóvenes a que permanezcamos en nuestras ciudades y a no continuar incrementando la nómina de trabajadores en Murcia o Milán, cuando no han tenido la fatalidad de perecer en la búsqueda del “sueño americano”. Nada hay que se atraviese en el camino de estos propósitos y más cuando el camino se ha comenzado a trazar.
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