20/08/07

La realización de una Asamblea Constituyente en el Ecuador es inminente.

Sobre el tema, a la hora actual, pareciera justo aspirar a que las propuestas gubernamentales se cumplan en buena parte de su tenor; y no solo justo para quienes hemos formado parte de una oposición que el mismo gobierno creó en el marco de su discurso político sino también justo desde los bastiones de la población ecuatoriana que desde un inicio se alineó con la propuesta de Rafael Correa, impulsando la noble idea de crear una ciudadanía ecuatoriana real, con condiciones de vida dignas.

Parece justo también, desde una visión abstraída del imaginario electoral ecuatoriano en vísperas a la elección de asambleístas, aspirar a que los derechos humanos se respeten: debido proceso, institucionalidad democrática para resolver la cosa pública, respeto a la opinión del otro, libertad de prensa y de expresión, y más.  Tanto se puede temer que esto no suceda como se debe reconocer que ninguno de esos valores pertenece al imaginario político del presidente.  Se ha evidenciado en sus actos. 

Un argumento que resiste a esa tesis es seguramente que las necesidades básicas de la mayor parte de la ciudadanía no han sido atendidas y que eso justamente es una violación a los derechos humanos.  Aspiremos a que la Constitución que se redactará no deba prescindir de lo uno para lograr lo otro.  De hecho es muy difícil creer que mediante su discurso populista, mesiánico y por demás violento, el gobierno pueda con un dedo tapar el sol: no ha existido gobierno, ni institución alguna en el mundo, que haya construido una democracia moderna impulsando la confrontación.  Se trata sencillamente de un contrasentido.

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